A este mismo mail pueden enviar sus consultas, insultos, amenazas de muerte, propuestas para mandarme alfajores regionales (esas son las que más espero, para qué negarlo). Dicho esto quiero hoy invitarlos a leer una crónica sobre los alfajores Nevares, escrita por el alfajómano Nicolás Rost para un trabajo universitario, la cual contó con una pequeña colaboración mía via correo electrónico. La misma esta muy bien escrita y me parece pertinente subirla al blog ya que ilustra una realidad que mucha gente vive a diario en las estaciones de tren de Capital Federal y el conurbano. Sin más los dejo con el relato mis queridos alfajómanos (nuevos y viejos, no se pongan celosos)Nicolás Rost
¿Horrible o riquísimo?
Un alfajor sin punto medio que ganó la pulseada al Guaymallén: Nevares
“Finos y riquísimos alfajores Nevares…”. Se escucha la voz de un vendedor ambulante en el tren, en medio de los murmullos de pasajeros incómodos que se apoyan unos contra otros, sobre otros. La mezcla de perfumes, olores y aliento a cigarrillo hace casi imposible pensar que uno pueda encontrar algo fino. Quizás para algunos los alfajores Nevares sean riquísimos, pero poco importa. Se venden. Ya pasó la época dorada de los Guaymallén, más atrás quedó la del Capitán del espacio que pisaba fuerte en zona sur. El Nevares monopoliza el Roca, Constitución, lugares de paso, micros de larga distancia.
“Para llevar a los hijos, para deleitarse en el viaje…” dice el vendedor sin gritar, con los decibeles de un grito. Recorremos el trayecto que separa las estaciones Lomas de Zamora y Constitución. Son las siete de la mañana y el vendedor despierta, fastidia, pero vende. Lleva la caja con treinta y dos unidades y no es suficiente. “Permiso” dice como un murmuro, arrastra el bolso negro, derruido con otra caja adentro, arrastra a la gente que intenta dormir. Es imposible no hacerlo. Mientras los noticieros hablan de la General Paz nos apretamos aún más y tratamos de dar lugar al vendedor, que va a pasar queramos o no, aunque parezca imposible. Vende pero nadie se deleita en el viaje los alfajores se compactan dentro de su envoltorio, dentro de bolsos y mochilas.
“Tres por dos pesos” vocifera y despierta a los que saben que no pueden dormir parados pero lo intentan, y vende. Nunca por unidad. Como en la Salada se vende por cantidad, es la regla del marketing humilde, cantidad no es uno ni dos, es “San Cono” en la quiniela: tres, o más. No vende lo nuevo, ni lo nutricional, mucho menos un alfajor Light como Ser (aunque tenga casi la misma cantidad de calorías). A quien poco tiene vende la cantidad, y si hay calidad mejor.
Llegamos a Constitución, barrio estereotipado como pocos. Frente a los pronósticos televisivos hay que aclararlo de entrada: hay más variedad de golosinas que prostitutas, pungas, drogas y drogadictos juntos. En las dársenas de la terminal de colectivos están los puestos, que venden café, facturas, revistas, accesorios para el celular, ropa y golosinas: Alfajores Terrabusi y Cabsha, Turrones, Galletitas Pitusas, Don Satur, Kesitas, Celosas. Y él alfajor de Constitución: Nevares. Se vende de a cuatro por dos pesos, al mismo precio que el Guaymallén, pero se vende más. Estela, la dueña de uno de los puestos, una mujer de cincuenta y dos años con delantal azul de cocinera, con rulos y un amarillo taxi en el pelo dice que son más ricos. Los compara con los Havanna, “Son húmedos, más esponjosos: como los Havanna”. Compro cuatro y un café por un peso y veinticinco centavos, desayuno por solo tres con veinticinco.
En Internet hay de todo, pero poco de alfajores Nevares aparte de Distribuidoras. Un ranking de alfajores que encabeza el Havanna en Minuto uno se repite en Facebook y en un diario digital del interior. Atando cabos, googleando, Todo lleva a “El Lord de los alfajores”, un licenciado en Comunicación social que publica degustaciones de alfajores en un blog. Encuentro comentarios pero no una crítica sobre este alfajor. Sí sobre los Game, alfajores de la misma empresa y los que encabezan la lista: Minitorta Aguila, Havanna, Cachafaz, etc. Lo contacto vía mail y le pregunto por los Nevares, un par de días después llega su respuesta:
“recuerdo haberlo probado hace unos años y la verdad es que la impresión que me dejaron es que son HORRIBLES, confirmando lo que yo pensaba al ver lo baratos que eran. Se siente el gusto a los saborizantes artificiales demasiado (se que casi todos usan cosas artificiales pero por lo menos no se nota), la cobertura era grasosa, y el relleno de dulce de leche era una franjita insignificante de algo similar al dulce de leche, muy feo. Compararlos con los Havanna me parece como comparar un Fiat 600 con un Audi 4, el que te dijo eso no entiende nada de alfajores, seriamente te lo digo.”
Y vuelvo a los alfajores. Un mismo diseño para la envoltura del chocolate blanco y del negro: Casi tres cuartos de alfajor con un corte que no simula una mordida, pero tampoco es recto. En el medio el dulce de leche que ocupa un tercio el alfajor y empieza a derramarse. Una capa gruesa de chocolate y una maza aireada. Un poco arriba del dibujo la leyenda Nevares y abajo “Dulce de leche”. Sólo cambia el color de la cobertura del alfajor y el fondo, un dorado contrasta el negro y un plateado el blanco. No pretende ser fotográfico, la edición es alevosa, pero transmite un concepto simple: es rico y tiene mucho dulce de leche. Al abrirlo, se puede ver que no existe tal cobertura de chocolate. Es un alfajor relleno de dulce de leche recubierto con baño de repostería con leche, negro en un caso, en el otro baño de repostería fantasía blanco. Las proporciones son engañosas pero en comparación a otros alfajores algunos traen bastante dulce de leche, otros poco, es casi aleatorio. La masa es húmeda pero no aireada como en la imagen. Al probarlo veo que es cierto, se siente el gusto artificial y bastante, también un gusto ácido, parecido al limón. El tenor graso es alto: 15 por ciento, después de comerlo se siente la grasa adherida al paladar. Puede que sea necesario estar acostumbrado a otra dieta para disfrutarlo o puede que estrictamente sea poco más que un alimento de paso.
Vuelvo a Constitución. Camino por la dársena, veo desfilar compradores, algunos guardan los alfajores, algunos comen uno de inmediato a la vista del puestero. Otros parecen atragantarse y piden más alfajores mientras comen. Casi no hace falta hablar, la mirada muestra la elección. Solo falta decir o gesticular cuantos. La encuentro de nuevo a Estela. Me cuenta que se empezó a vender este año y en poco tiempo dejó rezagado al Guaymallén. Ella compra los display (caja de 32 unidades) a poco menos de media cuadra en un mayorista que se llama Despencity. La caja cuesta nueve con cincuenta. Paga en promedio cada uno treinta centavos y los vende a cincuenta. Por ahora. En el barrio hay varias distribuidoras que manejan distintos precios. Siempre compra en “Despencitiy”, dice que los dueños son buenos como ella y mantienen los precios. Otras distribuidoras los venden arriba de diez pesos. Según entiende no es cuestión de costos sino que especulan en base a la cantidad de ventas.
Los estantes del puesto, son maderas apiladas sobre cajas de plástico. Arriba hay cajas de cartón con alfajores, turrones, maíz inflado. Todo encimado, haciendo economía del espacio. De las cajas cuelgan cartulinas amarillas, recortadas, escritas con un fibrón negro en imprenta y mayúscula. Siempre del lado izquierdo cantidad y al otro lado el precio: cuatro por dos pesos, tres por dos pesos, dos por dos con cincuenta, etc.
Estela dice que vendiendo a ese precio ayuda. “Por solo dos pesos te llevás bastante y dos pesos no es tanta plata”. Le pregunto por los vendedores del tren y la diferencia de precios. Me dice que es especulación, buscan sacarle algo más a la gente. Entre los puesteros hay una ética comercial, la llaman “ética comercial”, mantienen el mismo precio. En los colectivos, al contrario, los vendedores van a “hacer una moneda” y los venden más baratos. Quizás a cinco por dos pesos, no pude verlos. Dice que los puesteros no pueden hacer nada para evitarlo.
Mientras charlamos pasan y compran. Al otro lado del puesto un ayudante casi mudo se para, atiende y guarda los alfajores en bolsas transparentes, las mismas que se usan en los almacenes para comprar galletitas sueltas. Cobra, guarda la plata en el bolsillo y vuelve a sentarse para seguir leyendo La Razón.
Estela me cuenta que venden mucho a los cuidadores que llevan para comer en la noche. También a los chicos que terminan de jugar al futbol, le compran una caja y comen sentados en la dársena. Pero la mayoría son completos desconocidos, gente de paso que ve el puesto después de cruzar la calle Brasil. Algunos decididos parecen habitúes, compran en menos de diez segundos y parten. Es imposible recordarlos.
Estela con cada venta gana ochenta centavos. Al final del día, de catorce horas de trabajo, suma entre veinte y cien pesos, aunque según comenta, la diferencia la hace vendiendo las facturas que trae de una panadería todas las mañanas. Dice que cuando gana más de cien vuelve “re contenta” a su casa. Riendo comenta: “A veces se gana, a veces se pierde… ayer salieron de la cancha y me vaciaron el puesto, ayer me tocó perder”. Estela busca la cantidad, vender mucho. Dejó de vender los alfajores Bon o Bon, y los Jorgito. No garpan. Recuerda los Bon o Bon, dice que son riquísimos pero para ganar algo hoy tiene que venderlos a más de un peso. Y eso no vende. Es casi una obscenidad comprar un alfajor al doble o al triple que el Nevares. Después de todo los dos son “riquísimos”. De nuevo pregunto: ¿Son ricos? Sonríe y dice que sí, como una madre que le responde a un hijo cuando pregunta idioteces. Dice que son muy ricos, y cae de nuevo en la comparación: “Son como los Havanna ¿Los conocés?”. Y vuelvo a dudar, si creerle a un licenciado que se dedica a criticar alfajores o a una señora que los vende hace más de diez años. Estela agrega que antes vivía en Mar del Plata y cuando venía a Buenos Aires cumplía la tradición. Conoce los Havanna, y dice que son riquísimos. Le pregunto por el Cachafaz, el Jorgito, el Ser, el Blanco y Negro, el Águila, el Game, los alfajores caseros de maicena y la respuesta con matices lleva al mismo lugar: todo es riquísimo. De algún modo dice: Son todos muy ricos, algunos más que otros, pero eso es accesorio, lo que importa es el precio.
Me voy pero no sin antes volver a comprar cuatro alfajores y dos minitortas Nevares, me dice, de nuevo “son riquísimas”. Me sonríe (quizás no lo noté y nunca dejó de hacerlo) y me dice, “No te voy a matar, te lo dejo a tres pesos”. Me cobra un peso menos. Le digo que no es necesario mientras calculo si va a pérdida, pero insiste “Tiene que ser así, si nos ayudamos entre todos las cosas estaría mejor”.
Vuelvo al Roca, en un tren vacío mato el hambre por tres pesos, y sobra. En casa solo mi hermana se atrevió a probar un alfajor. Tiró más de la mitad a la basura.








