Alfajores La Charamusca desde Mendoza

Reviews alfajómana del lector Alfajor Popularrr 2da parte

Hoy seguimos con la segunda parte de las aventuras por tierras uruguayas del alfajómano apodado Alfajor Popularrr (valga la redundancia) que habíamos comenzado unas semanas atrás. Sin más preámbulos los dejo con este relato casi mágico y lisérgico.

El alfajor, un debate filosófico

Así como es sabido que el fútbol es mucho más que un juego, mal que le pese al Cieguito Escritor (que nunca vio jugar a Maradona), el alfajor es mucho más que una golosina. Es un puente hacia una dimensión superior en nuestras vidas. Como el arte, sin ir más lejos. Y es un vehículo para dar debates filosóficos de gran envergadura. Detrás de cada disyuntiva alfajorera se esconden concepciones de la vida y el universo opuestas. ¿Relleno de dulce de leche o mousse? ¿Alfajor más bien blando o duro? ¿Es el alfajor de fruta un alfajor? ¿Y el de arroz? ¿Con qué bajar el alfajor de maicena? ¿El coco rallado suma o resta? Y podría seguir por horas…

Una discusión de ese calibre se dio en un estupendo asado que tuve la suerte de compartir en Villa Argentina. La cuestión era cuál era el alfajor distintivo de la Banda Oriental para llevar al otro lado del charco como presente. Descartando de plano los alfajores industriales, en cuyo campo la superioridad argentina es indiscutible (ojo, según los propios uruguayos), la disputa se restringía al ámbito de los alfajores artesanales. Y ahí no tardaron en saltar esas dos palabras que habían quedado flotando en mi cabeza: Agua Helada. La platea se dividía entre sus defensores y sus detractores, que señalaban, entre otros, al Sierras de Minas como su candidato. Me quedaban pocas horas en tierras orientales. Las suficientes, por suerte, para hacerme de un exponente de cada marca y poder completar la presente crónica. 

La terminal de Tres Cruces, en Montevideo, tiene esa onda medio shopping y varios kioscos abiertos desde temprano. Me acerco a uno de ellos y me doy el gusto de pedir no uno sino dos alfajores al mismo tiempo. Al pedir el Agua Helada, la kiosquera me pregunta qué variedad quiero. Entre la de maní, la de maicena y alguna más, me quedo con la que lleva el nombre de Yo-Yo, cautivado por su lúdica denominación. El Sierra de Minas no anda con tantas vueltas y ofrece una variedad de chocolate.

Arranco por el Agua Helada, haciendo tiempo para tomar el ómnibus de regreso a casa. Un cafecito sin azúcar, para no arruinar el maridaje, completa el desayuno. Este alfajor, cuyo nombre merece una investigación aparte que quién sabe si podremos concretar algún día, sorprende de entrada con su tamaño. Si el Cadbury o el Marley están en los 70 u 80 gramos, este debe andar por lo menos en los 150, porque tiene el doble de tamaño. Un verdadero tanque. 

Tuve que buscar una foto en la interrrnés porque perdí el paquete…

La cobertura de chocolate alcanza sólo para la galleta (me da cosa decirle “galletita”) superior, dejando la de abajo al descubierto. Las galletas resultan ser un bizcochuelo claro y suave, más parecido al de una torta que al de un alfajor propiamente dicho. El dulce de leche es rico y viene en una cantidad aceptable, pero no vendría mal un poco más para hacerle frente a semejante bicho. Si bien no es algo que atosigue la garganta como el Cachafaz de Maicena (que insisto en que todavía ostenta el título de “La Experiencia Extrema en Alfajores”), no deja de hacerse un poco largo, como la última parte de El Señor de los Anillos, que tiene como 5 capítulos al pedo. En conclusión:

Lo bueno: el tamaño. Se banca solito un desayuno.

Lo malo: le hace falta más dulce de leche para tamaño bizcochuelo.

Calificación: 4,5 alfajores sobre 5


Horas después, cuando el bagre de la media mañana empieza a picar en la paqueta terminal portuaria de Colonia, le toca el turno al Sierra de Minas. Con una onda bien artesanal, nos encontramos con el problema inicial del packaging, que cuenta con un embalaje al vacío de papel celofán transparente; una segunda etapa de papel de arroz, con el logo de la marca; y un ya exasperante papel manteca que envuelve un alfajor de tamaño considerable, aunque lejos del mastodóntico Agua Helada. 

Debo decir, asumiendo el riesgo de ganarme alguna puteada de los hinchas del Sierra de Minas, que no encontré gran diferencia con el Agua Helada. Un baño de repostería símil chocolate que no cubre del todo unas galletitas igualmente parecidas a un bizcohuelo; y un relleno de dulce de leche correcto pero que tampoco se destaca demasiado. La etiqueta dice ser “El primer alfajor del país” (IN-COM-PRO-BA-BLE, diría un amigo…), por lo que le tendremos que dar la derecha a la hora de resolver la disyuntiva sobre cuál es el alfajor con personalidad propia y cual el imitador. En fin…
El Sierra de Minas y su incómodo embalaje en tres etapas

Lo bueno: nada en particular. Es bueno en general. Los ingredientes parecen de buena calidad.

Lo malo: ¡ese envase está hecho por el enemigo!

Calificación: Sus hinchas me van a matar, pero un 4 alfajores sobre 5 (baja un poco por el tamaño menor en comparación con el Agua Helada)

Volviendo al pago, ritornando allo stipendio, es hora de sacarle una foto a cada paquete y sentarse a escribir, antes de que el recuerdo se nos borre del todo. Así termina esta crónica alfajorística por tierras orientales. ¡Hasta la próxima, amiguitos! Y recuerden: el mundo es redondo, y de ricot… digo, como un alfajor.

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